La tierra desollada

FUENTE: LA NUEVA ESPAÑA

El pan nuestro de cada día en el Principado de Asturias es la gestión a «cerillazos» que algunos seudo pastores y ganaderos realizan en sierras y laderas para crear nuevos pastos, siendo, sin duda, los responsables de un porcentaje altísimo de los incendios forestales que asuelan Asturias y, colmo de los colmos, probablemente sean los primeros en reclamar y recibir subvenciones compensatorias del fuego provocado por ellos mismos. Las quemas incontroladas año tras año de montes y sierras que tras haber sido pastados por el ganado se vuelven a carbonizar no dejan apenas rastro de la antigua vegetación con capacidad de rebrote: abedules, hayas, encinas, robles y avellanos van desapareciendo de las faldas del monte dejando campo libre a escobas, brezo, tojos y demás matorral. Como consecuencia, la cadena trófica se rompe, la fauna que se refugiaba y alimentaba en estos espacios y los correspondientes predadores que dependían de ellos o desaparecen o emigran a otras zonas. Roguemos para que en los próximos meses no haya lluvias torrenciales porque cuando los bosques gozan de buena salud el humus del suelo contribuye a captar y retener el agua de lluvia, permitiendo que parte de ella se infiltre lentamente hacia los acuíferos y otra descienda pausadamente hacia los cauces fluviales. En caso contrario, por ejemplo después de un incendio devastador, el agua comienza a arrastrar materiales que erosionan y excavan el terreno, desaparece por completo la capa vegetal, la regeneración de dicho estrato se dilata durante décadas, el cauce del río disminuye de volumen y tanta ceniza en suspensión puede acabar con la vida en sus aguas.

Está comprobado que de nada vale limpiar montes, abrir pistas y cortafuegos o construir depósitos para que los helicópteros aprovisionen agua en sus calderos de extinción si las plantaciones que se realizan tienen ganas de arder. Más si un desalmado, para obtener pastos, provoca a la naturaleza cuando corren vientos de 110 kilómetros por hora. La Administración debe entender que la mejor prevención contra los incendios son las plantaciones de árboles autóctonos, bastante más resistentes al fuego y, además, son capaces, después de un siniestro, de regenerarse ellos solos. Es de suponer que, a partir de ahora, el proyecto de permitir plantaciones de eucaliptos reciba el carpetazo definitivo y pase a mejor vida.

Aunque los viñedos por tierras de Cangas rinden su homenaje multicolor al otoño, no tengo el ánimo como para detenerme a contemplarlos. Las agujas del Peneos María sombrean la pista que asciende por el monte de La Viña hasta el pueblo de L’Artosa. Nada más atravesar el puente del río Cabreiro observo, al lado de una cabaña en ruinas, varias cajas con hayas para repoblación; con este pavoroso incendio van a hacer falta miles de ellas. Más si como vislumbro por encima del pueblo las plantadas hasta el momento están calcinadas. En la otra ladera, en el monte Llobiqueras, las cenizas tiñen su extensión. En las cercanías de L’Artosa, allá por el pico Queipo, otro tanto de lo mismo. Retorno al punto de partida y prosigo la ascensión hasta el Pozo de las Mujeres Muertas. Por aquí el fuego parece haber corrido como un río de lava, aunque en las cercanías del alto pacen un rebaño de cabras y otro mayor de ganado vacuno, con bastante necesidad de alimento a juzgar por su extrema delgadez. Una hora tardó el fuego en recorrer 14 kilómetros torturando los pueblos recostados entre el cordal de Berducedo y la sierra del Valledor. Tremao, San Salvador, San Martín, Robledo, Villasonte, Salcedo, El Engertal y El Prove; todos ellos sufrieron su acometida. Qué angustia ver comprometido en un santiamén el trabajo de generaciones enteras y, lo que es mucho más desesperante, el porvenir, negro como el paisaje chamuscado que nos rodea y el alma del criminal que propinó el «cerillazo», que aguarda a sus habitantes.